Entrevista a Juan Manuel Roca

Poesía y autotraducción

 Entrevista con Juan Manuel Roca

 Iván Trejo

 Me encuentro con Juan Manuel Roca en el lobby de un hotel que nos abriga en el marco de un encuentro de poetas en Aguascalientes donde el año pasado le entregaron el Premio de Poesía del Mundo Latino “Víctor Sandoval” que a la postre compartiría con Rubén Bonifaz Nuño. Roca tan afable como siempre y con esa sonrisa que ilumina a los oriundos de Medellín, extiende la charla que recién había comenzado en el desayuno, este poeta afirma que “escribir es traducirse”, quizá por eso disfruta hablar sobre poesía como pocos, el humor y la tragedia van de la mano con este amante del lenguaje y en esta entrevista intentamos abordar un poco de la historia poética colombiana y claro esta, sobre su obra.

Iván Trejo (IT): Al principio de su labor poética, su obra se acercó al surrealismo, pero después se alejó un poco de la tradición colombiana de los anacrónicos liristas (León de Grieff, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea Borda, Jaime Jaramillo Escobar), que estaban muy ligados a los versos latinoamericanos modernistas (Borges, Paz, Cernuda, Darío, Villaurrutia). ¿Cómo se da el cambio del apego al surrealismo al alejamiento con las formas colombianas?

Juan Manuel Roca (JMR): Cuando yo empecé a escribir, había un grupo de poetas que venía después de la Generación del Nadaísmo, que no les interesaba el exceso de coloquialismos, pero tampoco les interesaba el aspecto más retórico de la tradición colombiana, que era cierta verbosidad. Entonces empecé a encontrar una influencia, no tanto de los postulados surrealistas, porque nunca me interesó hacer escritura automática ni nada parecido, pero sí en las lecturas de algunos momentos importantes de las vanguardias en los cuales estaba también el surrealismo, no sólo el europeo sino el latinoamericano (por ejemplo, el grupo Mandrágora en Chile), como una manera consciente de oponerme a cierta tradición hispanista que había en buena parte del corpus de la poesía colombiana. Pero cuando llegó a mis manos un libro de poesía precolombina prologado y recopilado por Miguel Ángel Asturias, me encontré con que la poesía náhuatl hacía lo mismo que había hecho el surrealismo, de una manera quizá más inconsciente: tender puentes entre el sueño y la vigilia, la preocupación por el trasmundo, por la esfera onírica… De manera que descubrí que la idea que tenían los surrealismos no era más que una intuición de América,  así que no me interesé tanto por esas lecturas, más bien me interesé mucho en la poesía latinoamericana, fundamentalmente en César Vallejo.

 IT: ¿Podríamos decir que siente más cercanía con la poesía de Gonzalo Rojas, Clemente Padín, Max Jiménez, Juan Calzadilla?

JMR: Sí, sin duda me siento cercano a Gonzalo Rojas y a Juan Calzadilla, de los que has nombrado son dos poetas que frecuento y con quienes he tenido mucha interlocución de tipo personal, pero también a través de su poesía, porque a partir de los años sesenta, cuando la poesía latinoamericana se dividía como en dos maquinarias de guerra opuestas entre coloquialistas y metafóricos, ellos entrelazaban esas dos opciones, la de una poesía coloquial que cuenta cosas episódicas con una preocupación altísima por un lenguaje metafórico. Esa yunta que ellos hacen es muy feliz para la poesía latinoamericana, es como lo que uno encuentra en el poeta cubano Fayad Jamís o tantos otros poetas que se vinculan a esa doble opción del contar y del cantar.

  

IT: A su paso por el Magazín Dominical de El Espectador, logró lo que ni Gonzalo Arango pudo hacer, que fue llevar la poesía a las escuelas públicas de Colombia. ¿Cómo se logró esto?

JMR: Eso es muy cierto y muy gratificante. El Magazín Dominical de El Espectador logró tener una cobertura muy amplia en el país y, a contracorriente de lo que empezaban a ser los suplementos literarios que habían desvinculado de sus preocupaciones a la poesía, dominicalmente publicábamos poemas, entrevistas con poetas, reflexiones poéticas, de manera que se fue creando un ámbito propicio para la poesía. De alguna manera el interés que hay en Colombia por la poesía en este momento, que ha ido derivando hacia los festivales de poesía, tiene uno de tantos antecedentes en el Magazín Dominical. Fue un magazín que cubrió todas las artes, plásticas, escénicas, los movimientos políticos, pero un ingrediente constante fue la poesía, eso hizo que en las escuelas, en los colegios, se empezara a leer la poesía de una manera diferente a como se había mirado con anterioridad.

  

IT: Voy a citarlo a usted: “Sólo la imaginaria metafórica, es decir, la resurrección del ultraísmo, puede salvar al hombre del caos”.[*] ¿Esto tiene vigencia?

JMR: De alguna manera los vínculos entre la poesía visual y lo visual en el poema se han hecho mucho más evidentes en la poesía. Se puede crear una teoría general de las artes a través de lo poético, para decir que donde no hay poesía no hay arte, sea la narrativa, sean las artes escénicas, sea la cinematografía. Todo desemboca en la búsqueda de una poética. El más grande poeta mexicano, para mi gusto, es alguien que en apariencia no escribió poesía: Juan Rulfo. He hecho ejercicios en talleres con algunos jóvenes tomando cuatro o cinco temas de la obra de Rulfo (la soledad, la muerte, el trasmundo, la lluvia, la fantasmalidad), y sin necesidad de que los integrantes del taller escriban una sola línea, sino recogiendo y encabalgando como versos algunas de las frases de las narraciones de Juan Rulfo, hemos descubierto que hay una extraordinaria poética. Hemos escrito poemas de Rulfo con palabras de Rulfo que son realmente poemas sin agregar ni una sola palabra que no sea de él; esto como ejercicio para señalar que la poesía es más que un género literario, que no está en un compartimento estanco y que está vinculada a todas las esferas de las demás artes.

  

IT: ¿Volver a Borges y a Gerardo Diego nos llevaría a un creacionismo renovado?

JMR: Yo no lo sabría muy bien. Me parece que Borges, más que Gerardo Diego, tiene siempre una vigencia. La enseñanza de Borges para mí que lo considero mejor narrador y ensayista que poeta, es que nos ayuda a encontrar la palabra perdida en el pajar del lenguaje, la palabra que no parece buscada para el poema sino encontrada para el poema. Borges nos da una gran enseñanza y, en ese ascetismo del lenguaje, una preocupación también por la eufonía, por cierta musicalidad que es muy propicia en sus versos.

  

IT: ¿Hay poesía de segunda clase?

JMR: Creo que no. Cuando se dice que hay mala poesía me parece que es un equívoco, porque si es mala no es poesía.

  

IT: ¿Cómo salvar al hombre de la violencia?

La violencia es uno de los ingredientes naturales del ser humano. Yo creo que no hay que acabar con los demonios, hay que saberlos pastorear. Es decir, eliminar la violencia, como lo explicaba también Anthony Burgess en La naranja mecánica, lleva a un estado de absorbimiento intelectual y de tontería. No hay que anular la violencia, sino canalizarla hacia cosas creativas y productivas. Yo creo en la violencia creadora. En el caso colombiano, cuando José Eustacio Rivera en el año 1924 escribe La vorágine, una de sus primeras frases, quizá la primera de la novela, dice: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. ¿Cómo pastorear eso para no convertirnos en una secuela más de esa violencia? El interés que existe por la poesía en Colombia, esa forma de resistencia espiritual que hay alrededor de la poesía, se da precisamente como saturación de la violencia.

  

IT: Alguna vez me dijo R. H. Moreno Durán que la poesía, como la guerra, la hacemos todos…

JMR: Es una frase muy afortunada de R. H. Hay una frase descontextualizada de Hölderlin que le sirve a mucha gente para decir que la poesía no tiene sentido en estos momentos: ¿para qué la poesía en tiempos de penurias? Yo revierto la pregunta y digo: ¿para qué la poesía en tiempos que no sean de penuria? Es decir, la poesía es una respuesta y es una forma de exorcizar precisamente ese horror. Creo más en una frase terrible pero cierta de Flaubert que dice: El arte como el dios de los judíos se alimenta de holocaustos; en la misma medida en que hay una encrucijada histórica como en la que vive el hombre ahora, es cuando más se necesita la poesía, para contestar la pregunta de Hölderlin.

  

IT: ¿Ha influido la violencia en la poesía colombiana?

JMR: Sí. Publiqué recientemente un libro que se llama La casa sin sosiego, es una muestra de la poesía colombiana del siglo XX que se relaciona con el tema de la violencia, en donde aparecen poetas tan líricos y tan desligados de preocupaciones sociales o políticas como el primer Aurelio Arturo. Muchos se han sorprendido de que él haya escrito poemas donde toca el tema de la guerrilla liberal de los años veinte, y realmente es sorprendente que logre un grado de lirismo en poemas de un tema tan áspero. Lo que descubrí es que aparte de la poesía estentoria, grandilocuente, de puño cerrado, excesivamente ideologizante, hay otra poética más elusiva, más indirecta, que toca el tema de la violencia, en poetas como Fernando Charry Lara, de la Generación del Mito, como Héctor Rojas Herazo, hasta llegar a los poetas más recientes en donde aparece un nuevo ingrediente, que es la ironía. En todos estos poetas hay un común denominador: no hay un culto a la épica, lo que se señala es una guerra triste sin heroísmos y sin dignidad. Mucha gente que milita en el orden político actual se quejaba de que no hubiera una épica en esos poemas, sino que hubiera una contra épica, y yo creo que tiene que ver con que en nuestra guerra no hay triunfadores ni vencidos, los vencidos somos todos, entonces ¿por qué tiene que aparecer la épica? Lo que aparece es un desdén a esa violencia, pero no de una manera programática como lo pedirían los poetas cargados de ideología. Me parece que es muy interesante cómo se da el fenómeno de la violencia en la poesía colombiana, porque generalmente éste se ha estudiado desde la narrativa, que ha llegado a un grado de saturación tremendo, a un género que hemos llamado la sicaresca: se agota el tema de los sicarios y ahora nos inventamos las sicarias, es realmente absurdo.

IT: ¿Es así como nace el Festival Internacional de Poesía en Medellín, como una suerte de resistencia espiritual a la violencia?

JMR: Sí, precisamente nació así, con un grado de terrorismo muy alto propiciado por el narcotráfico. Nació en medio de esas explosiones, esas bombas y el terror cotidiano, y la gente se volcó, no sé si estoy haciendo un sociologismo simplón, pero me parece que la gente se volcó a esos espacios en los que no se les ofreció de manera mesiánica un mejor mundo, sino compartir (en apariencia) algo tan inocente y tan inútil como la palabra poética. Yo creo que intentar cambiar la realidad con poesía es como intentar descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, una condena al fracaso. Esa resistencia espiritual ha fecundado muchísimo a la ciudad, lo único deseable es que ese festival no se alindere políticamente, lo único deseable es que permanezca libre de la servidumbre ideológica; es decir, que siendo un hecho político, porque todos son hechos políticos, se mantenga libre de cualquier partido político.

IT: Entonces, ¿podríamos decir que gracias a la violencia se lee mucho más poesía en Medellín que en cualquier parte de Latinoamérica?

JMR: Yo no sé si sea proporcional, pero sí es bien particular que sea precisamente en la ciudad más castigada por la violencia en Colombia, donde se haya dado el festival de poesía más grande del mundo.

  

IT: ¿Para quién escribe Roca?

JMR: Escribo fundamentalmente para lo mejor que habita en mí. Escribir es traducirse, en la medida que uno logra traducirse a sí mismo, quizá logre traducir a los demás. Y para intentar que lo que escribo le guste al lector ideal que soy yo mismo. Ya si eso funciona y opera, que arraigue a otras personas es lo más extraordinario que le pueda pasar a uno.

  

IT: ¿A dónde se fueron las poetas colombianas?

JMR: Lamentablemente la poesía hecha por la mujer en Colombia no ha tenido el nivel que ha tenido en otros lados, no sé cual ha sido el motivo. Desde la Madre Josefa de Castilla a nuestros días, son muy escasos los nombres de lo que podríamos señalar como una alta poesía, que es un fenómeno que no ocurre en Argentina, que no ocurre en México. De la poesía actual en México, la que más me interesa es la que están haciendo las mujeres, y me parece que en Colombia lamentablemente no se da mucho. Hay unos cuantos nombres, Emilia Yarza, una mujer de la Generación del Mito; luego, dando un salto muy grande estaría María Mercedes Carranza, y ahora recientemente hay una poeta joven, Lucía Estrada, que es muy buena.

  

IT: Usted alguna vez dijo que se siente más de Comala que de Macondo…

JMR: Estéticamente me siento más ligado a Comala que a Macondo porque estoy muy interesado en el ascetismo del lenguaje, en cierta poética que funciona casi por sustracción y no por acumulación, es decir, yo visito más en la literatura a Comala que a Macondo, y no es por un gusto de visitar a los muertos, es sencillamente porque en Rulfo yo encuentro unas lecciones estéticas extraordinarias: su minimalismo, cierta verbosidad de cosa hablada, cómo rescata las costumbres del pueblo mexicano y no hace costumbrismo, cómo rescata la historia de México y no hace historicismo… Todo eso ligado a una alta lírica, hace que cuando yo leo las ocurrencias de un poblado imaginario llamado Comala, siento mucha más atracción que cuando leo las incidencias de un poblado imaginario llamado Macondo. ¿Cúal es el narrador en el que encuentro una cantera más inagotable de poesía?  Inmediatamente digo Rulfo y no digo García Márquez.

 IT: ¿El realismo mágico del garciamarquismo ha afectado a la poesía colombiana?

JMR: Sólo a una zona muy pequeña y muy episódica, pero en general no. A muchos de los narradores colombianos los afectó. En mi generación, cuando surgió el realismo mágico y García Márquez, por lo menos yo me sentía impotente por no haber tenido una abuela autista que comía luciérnagas o alguna cosa bien extraña, sino que era una señora corriente que hacía arepas. Toda esa exuberancia de realismo mágico fue en buena parte castradora de un buen número de escritores que vieron en eso un recurso programático para llegar a tener un reconocimiento. En el caso de la poesía, no, la poesía colombiana tiene una tradición con un tono que a mí me gusta mucho, un tono asordinado que uno puede encontrar en José Asunción Silva y en su veta ironista de Gotas Amargas; en Luis Carlos López que hace un modernismo al revés, con toda la cosa emblemática modernista se burla del modernismo; en Luis Vidales, nuestro único vanguardista, que en el año 1926 publicó un libro extraordinario que se llama Suenan Timbres; en Aurelio Arturo, que es un poeta lírico de un tono mesurado, extraordinario; en Fernando Charry Lara; en Carlos Obregón, que se suicidó en España en un monasterio; en Jorge Gaitán Duran y Eduardo Cote Lamus… entonces uno encuentra que hay un tono mesurado y asordinado que jamás ha tenido el influjo del realismo mágico.

 IT: ¿Sigue leyendo poesía joven?

JMR: Sí, con mucha atención leo poetas de todo el continente y de España, y de lo que me doy cuenta es que la poesía sigue estando de nuestro lado, este es el continente de la poesía.

  

IT: ¿Hacia dónde va la poesía latinoamericana? ¿Hacia dónde abre la ventana?

JMR: Hay muchas vertientes. Hay una vertiente intimista, una que regresa a un tono surreal, una vertiente testimonial que está ligada mucho a la poesía coloquial. Son caminos muy distintos, pero en cada uno de esos caminos uno encuentra poetas muy notables y sobre todo hay el intento, en algunos poetas —en la minoría, pero es suficiente— que tienen de nuevo interés por el lenguaje, que es algo que se había descuidado tanto.

  

IT: ¿Lo único que puede unir a la poesía joven es una búsqueda en el lenguaje?

JMR: Sin duda. Todo ese exceso de la poesía coloquial y de los malos ejemplos de Benedetti y de Ernesto Cardenal, vinieron a empobrecer demasiado esa preocupación por el lenguaje.

  

IT: El mundo, ¿será siempre una feroz bancarrota?

JMR: Yo creo que sí. No soy muy optimista con respecto al mundo. Creo en una frase de un amigo poeta colombiano, que es muy divertido y se llama Víctor López, que dice: “Hay gente tan pesimista que cree que el hombre no va a desaparecer de la tierra.”


[*] De Poesía de lo Visual, Harvard Papers of Poetry Series.

Publicada en Revista Armas y Letras # 64

http://www.armasyletras.uanl.mx/numeros/64/20.pdf

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