La poesía en tiempos críticos

¿Es la labor poética válida en una época en que reina la violencia? Es mucho más que eso

Minerva Margarita Villarreal

Monterrey,  México (21 marzo 2009).- A José Emilio Amores y sus felices noventa años. 

“Mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!”.
Rimas 
Gustavo Adolfo Bécquer
 

La última edición del Salón del Libro, una feria internacional con un sinfín de propuestas editoriales, se celebró en París del 13 al 17 de marzo. México fue el país invitado.

Poblado de banderas de colores intensos, el pabellón mexicano ofrecía ediciones de Conaculta, la casa editora del Estado, del Fondo de Cultura Económica, de Era, de Ediciones Sin Nombre.

El centralismo como ejercicio cultural no sólo se evidenció en la selección de los participantes, sino que negó la tradición poética al privilegiar a la narrativa como género “activo” en su carrera comercial. Y en una nación como Francia, que ha hecho tradición de su festejo “Le Printemps des Poètes” (La Primavera de los Poetas), el negrito en el arroz más notorio fue la casi nula participación de poetas en nuestro listado oficial.

Aparecieron Tomás Segovia, Elsa Cross, Pura López Colomé y Homero Aridjis ante una vasta suma de narradores: Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Daniel Sada, Héctor Manjarrez, nuestro David Toscana, Ana García Bergua, Mario Bellatín, Margo Glantz, Carmen Boullosa, Jorge Volpi, etc., etc., etc. 

Los eventos en los que participó mayoritariamente la poesía, y más la poesía de los estados, fueron promovidos por la editorial Écrits des Forges, desde Québec, Canadá. 

Es esta editorial, a través de quien fuera su director, Gaston Bellemare, presidente del Festival Internacional de Poesía Trois Rivières, la que se preocupó por llevar a la audiencia francófona materiales de los poetas del interior de la República.

Resulta sospechoso que en estos tiempos en los que la violencia y la ingobernabilidad imperan en nuestro país, se promueva oficialmente más el entretenimiento, las historias que dicen de otros, las anécdotas en las que nos sumergimos para distraernos, y no la poesía, que es el arte que nos implica porque implica al lector con su entorno más inmediato.

Mientras que en la novela somos espectadores, en la poesía somos protagonistas. Y digo que resulta sospechoso este ejercicio guiado del consumo literario porque nada mejoraría más al País que el acceso a un nivel superior de cultura, en el cual el lector tuviera un mayor grado de compromiso. 

El francés en Canadá es una lengua que ha sido devaluada por el mercado anglófono y la poesía, un arte que relega el mercado editorial.

¿No es una suma de marginalidades coincidentes que una editorial en Québec se preocupe por extender su catálogo hacia poetas mexicanos, a quienes traduce y promueve?

El mundo se está desviando de su origen al negar el origen de su creación, pues la poesía es la palabra, la voz con la que la divinidad hizo al universo, el soplo, el hálito que se filtra por la piel humana.

Está más allá de los poetas. La poesía nombra, y al nombrar hace que exista aquello para lo cual no tenemos nombre. La poesía es lo inefable dicho. Lo inefable dicho de uno mismo, del lector.

Sin embargo, en los inicios de esta primavera el aire en su regazo, más que perfumes y armonías, ve caer muertos, ve correr sangre, ve, por ejemplo, cómo el joven poeta tabasqueño Álvaro Solís, de 35 años, en Puebla, donde trabaja dando clases de preparatoria y talleres para la SOGEM, fue aprehendido este 14 de marzo por tres agentes policiacos, golpeado junto a dos amigos periodistas, injuriado, secuestrado y arrojado en una carretera.

Esto le pudo haber pasado a cualquiera, es el clima hostil que respiramos hoy, pero le pasó a uno de los talentos jóvenes de la poesía mexicana, al autor de “También soy un fantasma”, “Solisón” y “Cantalao”. Le pasó a quien ha obtenido reconocimientos importantes, como el Premio Nacional de Poesía Joven Gutierre de Cetina 2007.

El poeta es la mala conciencia de su tiempo, escribió Saint John Perse. Y lo dijo, seguramente, bajo la influencia de Rilke, quien atribuyó a los ángeles el sino de lo terrible. Andarse por las nubes nada tiene que ver con andarse por las ramas. 

Quien viaja hacia las alturas de la imaginación sabe que no puede titubear al volver a la tierra, baja directo, como flecha al blanco. Entonces, incomoda, conflictúa, se vuelve “mala conciencia” porque apunta y señala lo desviado de un camino, la pérdida del valor absoluto, la fragilidad en la que ha caído lo real. Ya bien cantó Hölderlin que lo irreal existe, sí, existe, allí a donde vuela la imaginación de los poetas para nutrirse y poder solventar al ser cuando la realidad lo debilita o lo despoja de sí.

Al apartarse del origen el hombre pierde esencia, ya no puede quererse porque se ha alejado de la palabra, que es la semilla de la creación. El hálito de lo sagrado es vulnerado al máximo, como si nos deshiciéramos de lo divino y saliéramos arrepentidos de no saber, de sólo desear, de sólo comprar, de sólo anhelar un plano donde las comodidades y los vicios parecen llenarlo todo. 

Movernos en el plano de la apariencia es apetecible también para los poetas, que se enamoran de todo y no quieren renunciar, pero habitar sólo en este plano es quedarse en el vacío, y lo que es más lamentable: ser responsables de su perpetuación.

Como señala este gran poema de Roberto Juarroz: “El vacío de la mano cerrada es mayor que el de la mano abierta”. Habitar la apariencia es cerrar la mano, egoistarnos, plasmarnos en la vitrina donde nos deleitamos sin contemplar. 

Nos hemos apartado del ejercicio de la contemplación, como nos hemos alejado del rezo. Hemos cambiado lo más por lo menos. Mientras la espiritualidad se retira, lo que parece fácil se convierte en drama del infierno. Mientras alejamos a la poesía de la vida diaria, mientras las instituciones se cierran a su verdad, la vida se empobrece. Y pareciera que hoy vivimos mejor que hace 30 años, pero no he escuchado a ningún niño que de memoria sepa “Margarita, está linda la mar”, del ejemplar Rubén Darío y que en los libros de texto aprendíamos, donde una princesa es capaz de lanzarse a las estrellas para hacerse decorar un prendedor, sólo con el poder de su imaginación.

Vedada la imaginación, el ser se cierra en un círculo. Cerrado el círculo, el hombre necesita algo que no sabe qué es. La angustia crece y la droga prolifera.

La autora es poeta y directora de la Capilla Alfonsina de la UANL.

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