MUESTRA DE POESÍA JOVEN COLOMBIANA

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Muestra de poesía joven colombiana

Selección y nota introductoria: Iván Trejo

Prólogo: Juan Manuel Roca

Antologados: John Jairo Junieles, John Galán Casanova, María Clemencia Sánchez, Felipe García Quintero, Lauren Mendinueta, Giovanny Gómez, Lucía Estrada, Angye Gaona, Andrea Cote, Robert Max Steenkist y Santiago Espinosa.

Nota introductoria

Nunca antes generación alguna estuvo expuesta a tanta información. Debes leer los clásicos, le repetían a uno de adolescente, cada generación debe traducir a sus clásicos, diría T.S. Eliot, y con el paso del tiempo fue siendo menos probable leer toda la poesía que estuvo antes de uno, no para seguir el camino de los clásicos sino para, de alguna forma, buscar lo que ellos buscaron.

En cambio, las lecturas de nuestros contemporáneos siempre abren ventanas a un imaginario poético en transición. En este caso en particular, P.D. me ha permitido compartir con ustedes la nueva poesía que se gesta  en un país con una tradición poética tan sólida como lo es Colombia.

Esta Muestra de poesía joven colombiana, reúne a 11 autores de esta generación de poetas nacidos en los setentas y ochentas, donde la búsqueda de las propias respuestas se basa en la tradición y presenta cada vez menos intenciones neovanguardistas o de ruptura, y a cambio intenta consolidar su propio lenguaje.

Remando entre distintas tendencias de la tradición poética colombiana encontrarán en este número propuestas éticas y estéticas frente al mundo, pues los autores aquí reunidos, (y la gran mayoría de la generación), no avivan el fuego de los clichés de la literatura colombiana, puesto que no escribir sobre la violencia, el narcotráfico o el sicariato es también una forma de protestar contra ello.

Agradezco profundamente la amabilidad de Juan Manuel Roca pues para esta muestra ha preparado el prólogo Los nuevos poetas colombianos, dando un paseo por las generaciones y tendencias de la poesía colombiana hasta llegar con los jóvenes aquí reunidos.

Diría María Mercedes Carranza en la introducción del libro Historia de la poesía colombiana: “El paisaje es el mismo siempre, pero son distintos los ojos que lo miran”.

Iván Trejo

Enero 2009

NUEVOS POETAS COLOMBIANOS

La poesía colombiana, en lo que atañe al siglo XX, fue dejando en su andadura individual y colectiva unas pisadas que se hicieron huellas y que se bifurcaron en varios caminos.

De los poetas finiseculares, con ciertas reminiscencias de nuestro primer poeta moderno, José Asunción Silva, quizá sea Porfirio Barba Jacob quien más suscite interés en los poetas posteriores: aún hay cierto eco de desarraigo y exaltación en algunos momentos de los poetas de hoy que evocan a Barba, (Santa Rosa de osos 1883, México 1942) por las vías del poeta más leído y unánimemente celebrado, Aurelio Arturo (La Unión, 1909- Bogotá, 1974).

El lenguaje elusivo de Arturo hará un eslabón en un poeta del grupo de Mito como Fernando Charry Lara  y posteriormente en Giovanni Quessep, de manera evidente.

En un juego de espejos y decapitaciones, en cierto carácter pendular de las influencias, la generación de “Los Nuevos”, por los años veinte, la de León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Zalamea y Luis Tejada, da la espalda a la Generación del Centenario, nombrada así por haber coincidido el país con la irrupción de estos poetas en el primer centenario de la llamada independencia.

Borrón y cuenta nueva dicen estos poetas, particularmente a partir del libro vanguardista de Luis Vidales, “Suenan Timbres”, de 1926, de cuyos poemas hizo eco la legendaria antología que hicieron Borges, Huidobro e Hidalgo.

Tras esta generación aparecieron los llamados “piedracelistas”, un grupo de poetas hispanizantes, seguidores de alguna forma epidérmica de Juan Ramón Jiménez, que de manera nuevamente pendular movieron la cabeza en señal de negación frente a los experimentos oníricos de Vidales, lingüísticos de De Greiff y cotidianos y sutiles de las crónicas poéticas de Tejada.

Hacia los años cincuenta aparecería el grupo que se reúne en torno a la revista “Mito”: Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Héctor Rojas Herazo, el ya mencionado Charry Lara, Álvaro Mutis, y dos figuras aisladas que hoy merecen la atención de los poetas recientes: Carlos Obregón, que se fue muy temprano de Colombia y que se suicidaría en España, y Óscar Hernández, olvidado en medio de galeras de tipografía.

Tras ellos viene el grupo “nadaísta”, con sus manifiestos contestatarios y sus acciones repentistas e iconoclastas, dentro del cual destaca sin duda Jaime Jaramillo Escobar, de pseudónimo X-504, un poeta de poderosa ironía y acentos singulares.

Insulares, sin grupo, dos coetáneos de los nadaístas, José Manuel Arango y Giovanni Quessep, al unísono con un poeta coloquial de la misma estirpe de Óscar Hernández, Mario Rivero, anunciarían, a pesar de los vínculos iniciales de este último con el grupo nadaísta, una andadura individual, sin grupos ni manifestaciones colectivas.

Es cuando entonces aparece la poesía de María Mercedes Carranza,  Darío Jaramillo, Augusto Pinilla, Luis Aguilera, Miguel Méndez Camacho,  Henry Luque Muñoz, Raúl Henao, Raúl Gómez Jattin, Santiago Mutis, Omar Ortiz, Samuel Jaramillo, Antonio Correa o Edmundo Perry, entre otros poetas que empiezan a publicar en los años setenta y que hoy tienen amplia y reconocida trayectoria. Algunos pocos de ellos son agrupados de manera transitoria como “La generación sin nombre”, pero casi todos asumen una búsqueda individual, sin asuntos programáticos.

Si hago esta suerte de arqueología, de búsqueda de los hombres de cromagnon de los poetas reunidos en esta antología, no sin antes agregar los nombres de Rómulo Bustos Aguirre y Piedad Bonnet que empezaron a publicar en los años ochenta, es solo por contextualizar para el lector mexicano una tradición poética que casi siempre le resulta borrosa.

Los poetas insertos en este volumen tienen como común denominador el solo hecho de haber nacido a partir de los años setenta.

No voy a cometer el desafuero de emparentarlos uno a uno con sus antecesores, aunque haya el rastro de lecturas de Rojas Herazo, de  Vidales, de Mutis, de Arango, de Gaitán y por momentos de Quessep.

La verdad es que lo que resulta atractivo de este conjunto de poetas y poemas es su diversidad. No hay un tono uniforme, una coral que canta la misma tonada.

De cierto coloquialismo entrelazado a lo inefable, a lo que no tiene una aparente explicación, como recordando que la poesía también tiene tratos con lo fantástico, la palabra de John Jairo Junieles y su relación con ángeles barriales, el pastoreo de sus horas en Cartagena de Indias, nos entrega muy buenos momentos ya celebrados con entusiasmo por Héctor Rojas Herazo.

Más ligado a la ironía, a la desacralización de la palabra, John Galán Casanova se va por los caminos del ascetismo del lenguaje, un camino pedregoso si partimos de la idea de que no hay poemas largos y cortos sino poemas justos. Si un poema corto no alcanza un rango estético, sencillamente es largo como un presidio. No es el caso de Galán, no le ocurre como a su  “árbol talado”, que se queda sin ramas, sin semillas y sin frutos.

Hay en este libro, de manera inusual en Colombia, varias búsquedas poéticas emprendidas con mucho rigor por mujeres jóvenes, de las que resalto la hondura y vigilancia del lenguaje, su manera de hablar de sí sin la carga un tanto fatigosa –por lo demás comprensible en sociedades de viejo cuño machista- del cuerpo, de un Eros de cartilla que tantas veces asedia el poema.

De una parte está la poesía de María Clemencia Sánchez, que entrelaza una visión amplia del mundo que le viene sin duda de su insatisfacción con una realidad unívoca y parroquial, con “los cielos que nunca he sido”. Sus dos libros publicados dan testimonio de una inquietante y bella poesía.

Lucía Estrada es ya una de las voces más trascendentes de la poesía colombiana. Emparentada con una visión quizá heredada del mejor romanticismo, la limpieza estival de su lenguaje, la manera como adopta máscaras para no hacer de su mirada asombrada y a la vez dolida un festín de desgarramientos confesionales, una exhibición de un mundo acorralante y sombrío, su poesía ha ido creciendo en la admiración de sus pares.

Algo así se puede decir de la naciente y casi inédita poesía de Angye Gaona, afirmativa en sus búsquedas pero no asertiva, ajena a las definiciones y a los conceptos que tanto enajenan y empobrecen la expresión poética. Con ellas y con Lauren Mendinueta y Andrea Cote, hay mucho camino por esperar, caminos en los que sin duda dejarán sus propias huellas.

Felipe García Quintero, tan cercano en algunos momentos a José Manuel Arango sin que esto lo haga mimético, es una suerte de animal rizófago, de esos seres que se alimentan de raíces, de ahí su carácter reflexivo, la unión de poesía y pensamiento siempre tan deseada. Su poema “El juego de mi padre” es una bella pieza, un aparato verbal de singular y misteriosa eficacia.

Giovanny Gómez es otro poeta para el que no hay dicotomías entre la poesía de imágenes y la poesía coloquial. Entrelaza esas dos supuestas orillas distantes a través del río del lenguaje. Quizá lo hace porque sabe que “el tiempo fluye en pedazos/ y arrecia impenetrable/ su rumorosa música”.

Santiago Espinosa habla desde los intersticios de la realidad pero no se somete a ella. Tiene una voluntad inalienable por mezclar en su marmita muchos saberes: la filosofía y la política, la música y la arquitectura, pero sobre todo el rastreo de otros mundos anclados en el peor de ellos, un país que huye de sí mismo. Casas ilusorias, fantasmas, adioses y campanas, desarraigos que van desde “las mesas que esperan” hasta el ojo aventurero y corsario de Sir Walter Raleigh, todo merece ser sopesado por la lengua, aún sabiendo con Borges que “la realidad no es verbal”.

En Robert Max Steenkist ronda siempre la presencia del otro y de lo desconocido, como recordando a Lezama y la idea de que nuestra única identidad está, precisamente, en lo desconocido. Nos recuerda de alguna manera que vivimos sin quererlo, bien como condena o como festejo. De ahí la poderosa imagen que atrapa de las olas como suicidas incesantes. La poesía de Steenkist expresa lo que se esconde y esconde lo que se ve, en un juego de contrarios rico y diverso.

He aquí una antología de nuevos poetas colombianos que rebasan los tópicos: “aún los perros sienten la necesidad de aullarle a la luna, pero eso no significa que sea poesía”, decía, sabio como siempre, don Alfonso Reyes.

JUAN MANUEL ROCA

2 comentarios en “MUESTRA DE POESÍA JOVEN COLOMBIANA

  1. por qué los poetas oficiales sólo hablan de sus amigos? hay que entrar en una agenda atiborrada de nombres de borrachos para que existan más personas que los discípulos obedientes, lambones y miméticos de aquellos que solamente quieren que nadie les haga sombra?

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