Poesía en el agua – El Norte 24 Julio 2010

Poesía en el Agua

Pez, acuérdate del pez.

Gonzalo Rojas.

El agua es siempre una constante en nuestra cotidianeidad, venimos al mundo, arropados con el agua más cálida, de agua depende nuestro cuerpo, nuestro alimento, nuestra calma. La inmensidad cuando la pensamos de forma más inmediata viene con un recuerdo del mar, de lo vulnerables que somos ante la vastedad, de esa calma inquietante y que en un santiamén puede golpear con la fuerza de una mujer herida, el gua tiene memoria, conserva en ella sus rutas y la veredas ancestrales de sus pasos, por eso nos obliga en momentos tan precarios como estos (y no hablo de cuestiones materiales) a reflexionar un poco sobre la poesía que viene con el agua, porque si no puede salvarnos de nosotros mismos la poesía, ¿qué lo hará?

Sin duda la mayoría de nosotros podrá recordar con precisión un momento en la vida en que la lluvia al caer nos cuestiona, cuando se recorren las calles bajo la lluvia, todo es más limpio, los caminos se vacían y el barrio pareciera estar esperándonos para recorrerlo, muchos prefieren sentarse tras la ventana y observar, como lo menciona Juan Gelman en su poema Lluvia:

hoy llueve mucho, mucho, y pareciera que están lavando el mundo/ mi vecino de al lado mira la lluvia/ y piensa escribir una carta de amor/ una carta a la mujer que vive con él  y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él  y se parece a su sombra/

No son pocos los poetas que se cubren de agua y la hacen una constante en su trabajo, algunos la ven como un secreto a punto de ser develado como dijera Federico García Lorca: La lluvia tiene un vago secreto de ternura, o como José Saramago: Altos secretos bajo el agua se esconden, los versos de Álvaro Solís abordan esto mismo desde su propio limítrofe: Conocí todos los mares, pero hoy, a la deriva, el mar me ha negado sus secretos.

No es raro que el agua remita a la infancia y los días en que todo era liviano como la hace la poeta Claudia Santa-Ana: Poco sé de la niña que salta/ de charco en charco/ y levanta la lluvia sin romper su imagen./ Su luz como un grano de sal/ en la tierra oscurecida queda.

José Emilio Pacheco por su parte escribiría en Veracruz en 1955 sobre el nublar del cielo y sus faldas de agua: De lejos llega la marejada gris en el aire. Viento en la sal del mar, cuerpo a cuerpo, oscura batalla, mientras el sol ha muerto de ausencia.

La memoria cumple su ejercicio más honesto con el agua, al decir de Nicolás Guillen, hay que navegar sobre ella: ¿Cuándo fue?/ No lo sé./ Agua del recuerdo voy a navegar. Aquí nos topamos con símbolo que advierte continuidad sobre el movimiento, la pasión del agua en el oficio, todo aquello que queda más allá de nuestros ojos y nos espera, ese otro que somos y nos observa desde la orilla, los antiguos navegantes portugueses dieron pie a una frase que inspiraría a un sinfín de poetas: Navegar es preciso, vivir no lo es.

Las rutas del agua siguen su curso a pesar de nosotros mismos, los extraños que nos atravesamos en su camino e intentamos cambiar su curso, la natura es sabía, deja pequeñas gotas por donde ha de seguir pasando por los siglos de los siglos, Eduardo Langagne lo entiende y dice: Desafiando a mis ojos ignorantes, sigue su viaje el mar. A diferencia de la lluvia el mar viaja en silencio como un pensamiento tímido que está a punto de brotar, esa quietud nos permite detenernos y reparar en aquello que sucede, Dereck Walcott lo aborda también:

Yo vivo solo al borde del agua sin esposa ni hijos. He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente: una pequeña casa a la orilla de un agua gris, con las ventanas siempre abiertas hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.

Rara vez se elige la tragedia o la soledad, Ethel Krauze habla de la esperanza que queda tras de ello y como el agua es también consuelo: Cuando estamos a punto de rendirnos, nos quedamos suspendidos en ese vacío acuático que nos permite flotar, como pirules en hilera. Aun en las situaciones menos afortunadas, tenemos la capacidad de elegir como vivirlas, como afrontarlas, Milan Kundera lo resume con fortuna: Estoy bajo el agua y los latidos de mi corazón producen círculos en la superficie.

Tras las lluvias inclementes que nos han trastocado el fondo de los ideales, de la identidad, que han revivido esa sensación de solidaridad, de hermanamiento, recuerdo a María Baranda cuando dice: ¿Y si fuera el mar lo que se ve en tu cara? Al final de cuenta el agua está en todos lados, sirva la experiencia para retomar antiguos adagios que prometen una profunda renovación ante las lluvias que no cesan, que sea el agua un purificador y nos renueve, nos vuelva esos otros que dejamos de ser tras el miedo y retomemos con calma y sabiduría, todo lo que fuimos antes del agua.

Pablo Neruda pediría lo necesario en su poema Canto General: Dadme el silencio, el agua, la esperanza.

No necesitamos más.

Publicado en El Norte, sección Arte, 24 Julio 2010.

http://www.elnorte.com/vida/articulo/574/1147888/

Para descargar en PDF: Poesía en el agua

Un comentario en “Poesía en el agua – El Norte 24 Julio 2010

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s