Entrevista a Eduardo Lizalde

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La felicidad es una vergüenza

 

En su familia hay ingenieros, dibujantes, actores, incluso militares destacados como su bisabuelo Trinidad García de la Cadena, entre tanta diversidad de oficios. ¿Cómo es que elige la poesía?

Estudiamos canto mi hermano Enrique y yo a los 14 años, fui cantante desde muy niño. Mi padre descubrió que era melómano pero no cantante. En la primera etapa del siglo, él oyó a los mejores del mundo, incluido Caruso, que visitó México hacia 1919, y también a otros genios musicales. Mi padre tenía una enorme colección de discos, algo impresionante para la época, así que de él aprendimos todo eso. Era muy buen lector, ingeniero, dibujante, con él también descubrí a escritores, poetas y novelistas.

 

¿Recuerda el primer poema que leyó?

No, pero leí tempranamente a todos los poetas del modernismo, a los románticos del siglo XIX y también a los clásicos españoles. Sobre todo, leía a Machado y Darío, cuyos poemas me aprendí de memoria desde la infancia, y empecé a intentar escribir desde los doce o trece años de edad.

Estudia en la Escuela Superior de Música con la intención de dedicarse a la ópera, ¿en qué momento decide abandonarla?

Yo no la abandoné, la ópera me abandonó a mí. Estudié varios años, tenía grandes facultades para el canto, una voz poderosa, canté como soprano en los boy scouts a los once años y a los catorce empecé a estudiar. Formalmente, a los 17 o 18 entré a la escuela de música y tomé clases particulares con Don Agustín Beltrán, un viejo cantante que había sido de la generación de Titarrufo, de Caruso y de los grandes tenores, pero en ese entonces no había las condiciones necesarias para dedicarse a esa disciplina, a no ser que uno emigrara a Europa, como lo hicieron mis amigos siendo muy jóvenes, y que ya son grandes estrellas. En mi época no se vivía del canto, hubiera podido ser miembro del coro de Bellas Artes, pero no me interesó. A lo que yo aspiraba, con gran y frustrada ambición, era a ser una estrella de la ópera. Aún hoy, a mi avanzada edad, conservo la voz, pero no encontré la oportunidad o no tuve la disciplina musical de otros, ya que también, desde muy joven, me dediqué a la literatura.

Después de eso entra a la Facultad de Filosofía de la UNAM.

No me gradué intencionalmente, pero cursé por completo la carrera de filosofía. Eso, por supuesto, fue muy favorable. Me enteré de una enormidad de obras y autores que no conocía. Continué estudiando literatura, me convertí en profesor y debido a mi labor docente en la Escuela de Verano, en la escuela para extranjeros de la universidad y luego en la misma facultad, por ahí de los años 70 el Consejo Universitario me declaró profesor definitivo de literatura, lo que equivale a un título universitario por la larga carrera y los logros literarios en campaña. De manera que mi carrera académica fue exhaustiva. Fui secretario de la Escuela de Verano y director de la radiodifusora de la universidad, pero nunca abandoné la música: sencillamente no tenía ninguna posibilidad de ser cantante profesional.

 

Entre la literatura y la ópera, ¿cuál es su vocación más genuina?

Mí más grande vocación era la música pero, obviamente, la literatura es otra carrera difícil. Los logros literarios no son de la primera edad, la literatura mayor se escribe en la madurez. Lope de Vega escribió desde los cinco años pero sus obras mayores surgieron a los 28 o los 35 de edad; Dante muere con la pluma en la mano y acabando su obra maestra, Cervantes termina la vida escribiendo la segunda parte del Quijote. Son pocos los portentos como Mozart, que a los 17 años escribe obras mayores de composición violinística y orquestal, pero también sus obras maestras son las de la última madurez. La filosofía no puede ser de niños prodigio. No hay filósofos–niños prodigio, Hegel escribe la Fenomenología del espíritu a los 40 años.

 

¿El movimiento poeticista dejó algún legado?

El movimiento poeticista nos impulsó: el primero de nosotros, Marco Antonio Montes de Oca, fue un poeta de menor formación cultural que nosotros pero con un talento notable, mientras que Enrique González Rojo continuó escribiendo. Tratábamos de producir poemas que fueran una mezcla de vanguardia supuestamente poeticista y de marxismo. Aquellos son mis peores textos, por eso los recojo como curiosidad y memoria en Autobiografía de un fracaso. Teníamos buena formación y fuimos muy precoces, ya habíamos leído a una enorme cantidad de poetas y novelistas, escritores de estética y técnica literaria a los 18 o 19 años de edad.

¿Había alguna obsesión técnica en el poeticismo?

La técnica de la poesía contemporánea es mucho más compleja que la técnica de la poesía clásica, porque recoge todas las experiencias técnicas de la historia. Lo que queríamos era renovar la literatura, creíamos que era posible y buscamos un género que no se pareciera al de los surrealistas o de los poetas en boga de ese periodo. Creo que, de todas maneras, tomamos diferentes caminos, esa formación y esa preocupación estética por una literatura nueva nos llevó a leer y a consolidar una experiencia literaria. De cualquier modo, una cantidad enorme de poemas quedaron guardados en los cajones y ahí deben permanecer.

Funda la revista La letra y la imagen, y colabora en muchas más…

La letra y la imagen fue una revista que concebimos con Octavio Paz, quien para hacerla aceptó una oferta del periódico El Universal. Octavio se encargaba de Vuelta, ya había publicado Plural, y les dijo que no estaba en condiciones para hacer otra revista, por lo que me propuso para dirigirla. Conté con la colaboración de José de la Colina y duramos año y medio en el consejo editorial, amparado por ilustres escritores como Juan Goytisolo, Arreola y Paz. Duró poco tiempo pero la colección era importante. Al terminar La letra y la imagen, decidimos lanzarnos a otra aventura editorial donde siguieron colaborando estos personajes. Vargas Llosa era miembro del comité editorial, se llamaba El semanario de Novedades, y lo dirigí durante 2 o 3 años. Luego lo puse en manos de José de la Colina, quien lo dirigió 20 años más hasta su desaparición, junto con el periódico, a finales de los años 90.

Volviendo a la poesía, ¿se acuerda de aquellos 14 poemas microscópicos?

Esos poemas son de infancia, los publiqué como curiosidad, y no pertenecen exactamente al poeticismo. Son previos a esa etapa, fueron mis primeras publicaciones en 1948, en el suplemento cultural del periódico El Universal, donde se publicó el soneto que sí declaramos poeticista y que amparaba la entrada de mis obras.

Después toma otro rumbo hasta llegar a Cada cosa es Babel, donde, me parece, hay un diálogo abierto con Pessoa, Machado, López Velarde, Gorostiza, Paz, y con la Generación del 98.

Claro, y con Juan Ramón Jiménez, esa generación que leímos a fondo junto con los poetas que tocaron la mentalidad y el estilo de los poetas contemporáneos, Paul Valéry y Saint–John Perse. Uno se alimenta de la tradición y otras fuentes, la dificultad es encontrar un camino que no hayan surcado los poetas leídos. Cada cosa es Babel era un reflexión filosófico–literario–poética sobre la palabra, texto largo que me llevó muchos años escribir. Cuando el libro se publicó, yo ya trabajaba en El tigre en la casa, un libro con otro aliento. Pensé que iba a ser un fracaso pero fue el libro que mayor reconocimiento me dio. Lo celebraron Neruda, Paz, Fuentes y mis contemporáneos, qué misterioso es el camino del trabajo literario.

En La zorra enferma hay un registro muy interesante y un ejercicio casi antistalinista.

Era totalmente antistalinista. Es el libro por el que fui condenado casi como agente del imperialismo por la izquierda sectaria del país. Un compañero comunista de los que me atacaron, me dijo después: “Oye, qué profeta, eso fue lo que ocurrió tras la caída del muro”, y yo le dije: “Ocurrió antes, pero ustedes no se dieron cuenta”. La zorra enferma es todo un trabajo epigramático de carácter político, misceláneo, complicado, ese ha sido el proceso y los demás libros, que ya son muchos, se siguieron publicando a partir de ese periodo. Generalmente tardo mucho en construir un libro, he escrito más de lo que yo hubiera querido.

¿La poesía puede salvarnos de nosotros mismos?

Absolutamente no, no sirve para nada, hacemos poesía porque somos parte de ese proceso emotivo de conmoción, disfrute, gozo y sufrimiento que es la creación artística, pero la gran literatura transforma la mentalidad del mundo, la razón cambia tardíamente en un plazo mucho más largo que las transformaciones económicas y políticas, pero no porque haya reglas racionales y universales.

 

Volviendo a sus libros, ¿a cuál le tiene mayor aprecio?

Me parece más perfecto, desde el punto de vista técnico, el material de libros que no han sido tan celebrados como El tigre en la casa: Caza mayor y Tavernarios y eróticos. Son libros escritos con mucho más rigor porque el poeta está sujeto a los procesos de cambio de su formación, de su conocimiento, de sus nuevas preocupaciones y de las nuevas corrientes estéticas del mundo en que vive. Entonces, la literatura se transforma constantemente, es un río.

¿A qué se debe que en la actualidad no se le lea a Montes de Oca ni a González Rojo?

Son poetas complicados, pero han sido reconocidos enormemente. Sus obras son mayores junto a las de otros maestros y poetas. Monsiváis, gran lector de poesía, escribió un artículo en el que comentaba: “¿Qué pasa con los poetas de primera línea como Rubén Bonifaz Nuño y Eduardo Lizalde, que no alcanzaron la celebridad y el reconocimiento de Sabines y de Pacheco?” Hay características que impiden que el público llegue a esas obras de mayor dificultad, son fenómenos extraños, el reconocimiento de la gran poesía es muy tardado, hay que pensar en el público general. ¿Qué poemas son los que la gente llega a memorizar? Los de Díaz Mirón, de Nervo, de Luis G. Urbina, pero no los de López Velarde.

Quizá en su época. Si acaso, ahora se sabrán alguno de Benedetti.

Un poeta muy mediano. Comparado con Juarroz, Benedetti no es nadie. Hay poetas fáciles de leer pero eso no los hace mayores ni menores, se parte de una corriente. El tiempo es cruel y termina por establecer las estaturas.

 

En el Partido Comunista se vuelve disidente. ¿En su decisión influyen las charlas con José Revueltas y sus lecturas previas de Marx, Lenin, Trotsky, Plejánov, Serge?

Entré al partido a los 25 años, ya hecho y formado, mis lecturas eran más amplias que las de Revueltas, que no era precisamente un gran lector de filosofía. Paz lo reconocía al decir: “No soy tan enterado en cuestiones de historia revolucionaria como ustedes”. Me guardaba un poco de respeto, mi instrucción empezó mucho antes, entre los 18 y 20. A los 25 ya tenía una formación. Cuando ingreso al partido en el año 55, empezamos toda una lucha de disidencia a la que se incorporó Revueltas junto con un grupo de amigos de mi generación y de otras anteriores, para criticar al estalinismo y al partido comunista. Nos tocó la caída de Stalin y todo eso, pero después del 57 fuimos expulsados del partido.

Nos echaron por disidentes. Junto con Revueltas y otros amigos, ingresé a la Dirección General Nacional del Partido Obrero Campesino, que era un residuo de los rompimientos de los años 40 a los que perteneció Revueltas. Protestamos contra el Partido Comunista, contra la expulsión de Hernán Laborde y de otros grandes dirigentes que estuvieron en la cárcel por el movimiento del 58. Rompimos también con Sánchez Cárdenas. Él proponía una especie de reconciliación con el lombardismo, que era una especie de PRI socialista, y fundamos la Liga Espartaco, de la que fuimos dirigentes nacionales. Poco después, también nos depusieron por enemigos del maoísmo, de la revolución cultural y del estalinismo chino del periodo. Después de 3 años de fundada, la Liga Espartaco se convirtió en un movimiento de rebeldía en el país.

 

¿La izquierda y la derecha de hoy son mitos del siglo XX?

No hay tal izquierda y tal derecha. La izquierda mexicana radical es absolutamente hipócrita y vergonzante, ya ni quien hable del socialismo, de la evolución de los medios de propiedad capitalista y de la evolución de los medios de propiedad privada, que son socialistas. Que no me vengan con ese cuento. López Obrador propone un proyecto socialista de los años 40 y 50 democrático–burgués, con ofertas sociales y morales del cardenismo y todos sus seguidores, desde mi punto de vista, no van más allá. Le decía a Alí Chumacero, partidario de la izquierda, y a sus hijos: yo no cambié mi punto de vista sobre la monstruosidad del capitalismo y de lo que debería ser el socialismo, los que cambiaron fueron ellos. Los de la hermosa traición socialista, como decía Octavio Paz, fueron los comunistas, fueron los partidos autoritarios. Cuba es un Estado policiaco, conviví y compartí con ellos el nacimiento de la Revolución Cubana y sus ánimos, pero aquello se convirtió en el horror que ahora es, y hay que ver lo que ha pasado con el bloque socialista internacional. China, como decían los propios disidentes del periodo contemporáneo, se ha convertido en un país capitalista de ideología autoritaria socialista, que lo que hace es explotar de manera terrible a los trabajadores. Es un país capitalista con ideología autoritaria hitleriana y estalianiana, algo muy grave.

Desgraciadamente, el socialismo fracasó. Me hubiera gustado que ganara, pero nosotros no fuimos los equivocados, los equivocados fueron ellos y la propuesta de la izquierda mexicana es sencillamente grotesca. Qué es eso, cuál izquierda, cosas tan primitivas, elementales e infantiles como lo de la tierra es de quien la trabaja. Eso es de Proudhon y los anarquistas, acá también lo decían. Si Villa y Zapata hubieran dirigido el país se hubiera ido al desastre, total, los caudillos rebeldes estaban incapacitados y lo sabían, y los que ocuparon el poder después de la revolución mexicana continuaron con un trabajo liberal, democrático–burgués. Y que quede claro que no soy creyente ni partidario de la derecha clerical; aunque quisiera, el PAN no podría convertirse en la inquisición ni en los gobiernos clericales del mundo franquista, no hay condiciones para eso. Son tan conservadores los del PRI como los del PAN.

¿En qué momento se reconoce agnóstico?

Desde hace muchísimo tiempo. En realidad, el marxismo, como decía Breton, disidente del socialismo cuando el rompimiento con Stalin en los encuentros del año 34, en que hubo fusilamientos de disidentes y todo eso, nos fascinó porque estábamos en una batalla inevitable y terrible contra el monstruo fascista. Contra Hitler no podíamos hacer nada, así que no teníamos más bandera que una filosofía de características sólidas, de planteamientos humanistas, de grandioso cuerpo filosófico como el marxismo. Creímos que esa era el arma y el arma estaba envenenada de autoritarismo, llevó al desastre a todas las sociedades que tomaron ese camino. Por tanto, mi agnosticismo es muy temprano, quizá fortalecido después de la lectura de los filósofos escépticos y agnósticos como Wittgenstein.

¿Para qué sirve Dios?

Dios es una idea, un cuento chino, un instrumento mental como lo dice Hegel: la idea del infinito imposible. La propuesta de Hegel es de una enorme profundidad, la contradictoria ilusión de la existencia del mundo es absolutamente humana, igual que la ilusión de que existe un creador que haya construido el mundo sin moverse, como suponía Aristóteles. El motor inmóvil, nuestra concepción racional del movimiento, de la realidad, de la historia, de las leyes de la naturaleza, es una obsesión humana.

¿Qué luz puede ofrecer un poeta ante la oscuridad del mundo?

Lo digo por ahí en algún texto de La zorra enferma: “solo el idiota, el loco y el imbécil piensan que el mundo es un durazno con sabor a esmeralda”. La felicidad es una vergüenza, un escritor no puede ser completamente feliz en un mundo como este. ¿Cómo celebrar la felicidad del mundo? Solo siendo un inconsciente.

La pregunta de las mil repeticiones: ¿qué es la poesía?

Eso no se sabe, la poesía es producto de una sociedad y una serie de concepciones, además, como decíamos, hay muchos géneros de narrativa y de poesía, hay tanta poesía en Musil, Joyce y Proust como en Rilke, Verlaine y Baudelaire.

¿Cuándo decide que un poema está terminado?

Cuando uno no puede agregarle más ni perfeccionarlo, la respuesta está en Valéry: “el poema no se termina, se abandona”.

 

Si tuviera una glorieta de poetas ilustres, ¿a quién pondría?

A mí no me gustaría estar en ninguna glorieta, sino sobrevivir permanentemente. Ningún hombre decente querría estar en ella. Además, me da igual.

Publicado originalmente en Suplemento Laberinto de Milenio # 540

http://issuu.com/laberintomilenio/docs/laberinto-540

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