Entrevista a Ruben Bonifaz Nuño

a Bernardo Ruiz, Marco Antonio Campos y Sandro Cohen.

Maestro, permítame la pregunta ¿a qué jugaba cuando era niño?

A lo que todos los niños: las canicas, el trompo; en grupo a la roña, los encantados. Era totalmente sociable con los compañeros, aunque muy tímido con la demás gente.

 

¿Cuál es el primer libro que lee?

Al Polo Norte de Emilio Salgari; el episodio de la muerte de Sandoe, sigue emocionándome si lo leo en voz alta.

¿Cómo decide ser abogado?

En mi familia, habían decidido que yo fuera Ingeniero Químico, sin considerar que es una profesión basada fundamentalmente en las matemáticas, materia que yo no entendí nunca. Me inscribí pues en la preparatoria; en el bachillerato de Ciencias Químicas, en el cual fracasé totalmente; con mi promedio inferior a 7, tomé conciencia de que jamás me desarrollaría en esta profesión. Con esa conciencia, me cambié de Bachillerato y me inscribí en el de Ciencias Sociales para seguir la carrera de Derecho, en esa profesión pude incluso desarrollar estudios brillantes.

 

Dentro de sus maestros en la literatura estuvo Agustín Yáñez ¿recuerda aquellas primeras pláticas con él?

Seguramente. De lo primero que hablé con él, fue de Al filo del agua, que sigo considerando la mejor novela que se ha escrito en México; aparte del estilo perfecto, por el argumento, por la intriga que plantea, por el carácter humano de los personajes; ésa la leí antes que las demás novelas, así que cuando leí éstas yo estaba perfectamente preparado para entenderlas.

¿Cuál fue la primera escuela a la que usted asistió?

Una cosa curiosa, la primera escuela a la cual yo asistí fue la llamada Galación Gómez, era una escuela de la Universidad Nacional, así que yo soy Universitario desde los 7 años de edad, luego dejó de funcionar y fui a la Porfirio Parra, escuela del gobierno.

 

¿Quiénes fueron sus primeros maestros en poesía?

El primero, sin duda, fue Ermilo Abreu Gómez, quién me enseñó con mucha claridad cómo se habían desarrollado los Siglos de Oro Españoles. En cuanto a mí propia escritura, puedo decirle que la escritura de poemas no la aprendí con nadie.

No creo que haya manera de trabajar los poemas con alguien, porque si uno tiene algo de vergüenza, o el trabajo no está bien hecho, no hay que mostrarlo a nadie;  y naturalmente lo primero que uno hace está mal hecho. Como materia tenía que mostrarlos de manera forzosa, en el primero de preparatoria porque ahí había un periodo de la clase que se llamaba “ejercicios”, donde los alumnos tenían que pasar al lugar del maestro a leer un cuento o un poema o un discurso que eran los tres géneros que enseñaba el maestro Erasmo Castellanos Quinto. En ese año yo empecé a escribir, no recuerdo nada de lo que haya hecho. Ahí conocí a amigos que iban a ser de toda la vida como Fausto Vega, Ricardo Garibay, Jorge Hernández Campos y Henrique González Casanova.

Incluso Yáñez en aquella revista que tenía que se llamaba Occidente, le dedica una página a usted cuando empezaba…

Exactamente, eso fue lo que me ayudo a seguir escribiendo porque estaba yo muy dudoso, si escribía o no; en sus palabras, Yáñez, ajustaba en mi sus esperanzas a la nueva literatura, entonces me decidí a seguir la profesión de escritor animado por lo que me decía, sabiendo que la profesión de escritor jamás me daría medios de vida, sino que al contrario habría de consumirlos. Pero yo pensaba siempre, que por ejemplo, ser abogado sería el camino eficiente para ganarme la vida; y, mientras, escribiría por el puro gusto de hacerlo.

Dentro de sus primeros reconocimientos, gana los Juegos Florales Nacionales de Aguascalientes cuando todavía existía esa figura del comendador ¿eso le dio una pauta para saber que lo que escribía iba por buen camino?

Naturalmente, los jurados de tales Juegos Florales fueron mis maestros, recuerdo especialmente a Agustín Yáñez y a Julio Jiménez Rueda. Me trataron siempre en forma muy igualitaria y muy benéfica.

En las charlas, cuando se reunían en Aguascalientes, Carlos Pellicer habló sobre su trabajo y algunos otros maestros como Antonio Castro Leal…

En ese momento yo no conocía a Castro Leal, y él hizo un elogio de lo que había leído de mis poemas y me dijo Pellicer, acaba usted de recibir un elogio que debe guardar toda su vida, porque los elogios de Antonio Castro Leal siempre son muy cuidados y escasos.

 

En ese tiempo los jurados eran de primerísimo nivel, tenían a Villaurrutia, Gorostiza, Torres Bodet, Yáñez…

Ciertamente, eran los mejores escritores de aquélla y de muchas épocas.

 

Después guardó amistad con varios…

Yo tuve cierta amistad con Pellicer. Pero mi amistad principal fue con Ermilo Abreu Gómez y con Agustín Yáñez.

 

De los consejos que le daban en aquel entonces ¿cuál es el que tiene más presente?

La muerte del ángel, fue el poema con que participé en los Juegos Florales de Aguascalientes en 1945. Me dieron el accésit al primer tema y habían premiado en primer lugar como flor natural unos sonetos que yo consideraba feos, pero estaban escritos dentro de las normas que la retórica pedía para ello en aquel tiempo. Hablando yo con el maestro Gabriel Méndez Plancarte me quejé por haber premiado tres sonetos que yo consideraba inferiores a los míos y me dijo: no son inferiores a los de usted porque están bien hechos, los de usted tiene estos defectos y me los enumeró. En ese momento tomé la lección especialmente para mí. Al año siguiente, gané los tres primeros lugares, siguiendo esas normas. Los consejos de Gabriel Méndez Plancarte son los que me han acompañado desde entonces.

Ser poeta ¿es un oficio, una profesión, un divertimento o todo junto?

Es un oficio, porque no puede escribirse una página sin tener una técnica dominada. Yo me dediqué a ejercer puntualmente el oficio durante años, y creo que llegué a manejarlo como nadie de los últimos tiempos.

 

¿De cuál de sus libros se siente más cercano?

Le tengo mucho cariño al primero, porque fue donde sumé no sólo lo que había escrito como libro, sino para completar un montón de poemas viejos que me admitieron en el Fondo de Cultura Económica, que se llamaImágenes. A ése le tengo mucho afecto, después, no sé. Los demás son más o menos parejos en mi gusto. En este momento, pues, no me gustan, porque no los recuerdo, si los recordara me gustarían, porque tengo la vanidad característica del género o de la especie.

 

¿Usted se considera un poeta del desamor?

Francamente no, en este momento me cuesta trabajo considerarme poeta, porque hace mucho que no estoy en ejercicio, y para mí la poesía es antes que nada, ejercicio, tengo muchos años de no escribir, de tal manera que no sé nada. Recuerdo cuando escribía, que me sentía yo, cuando publiqué mi segundo y tercer libro que me sentía verdaderamente buen poeta porque tenía el reconocimiento de los maestros. Después de ese reconocimiento me llené de dudas que me llevaron a cambiar de formas durante cada libro.

 

¿Cuál considera que es su mejor poema?

No podría decirlo, no sé si tengo buenos poemas o no. En algún tiempo, no me consideré bueno, sino un gran poeta cuando los maestros comenzaron a reconocerme, allá cuando tenía yo menos de 25 años, pero en este momento, que tengo cerca de 90, considere que sería imposible dar una opinión sobre mí mismo como poeta.

 

Me quedo pensando en lo que me dice, maestro, y en su buena memoria…

No, mire, la cuestión está en esto: me hicieron una transfusión hace 1 año donde me cambiaron 3 litros de sangre,  y con eso perdí la memoria. En este momento, no podría yo poner garantía de verdad de lo que estoy diciendo, porque mi memoria está perdida. La sangre es un líquido misterioso, y los médicos la manejan como si fuera agua, sabía antes, ponga usted, 50 ó 60 números de teléfono de memoria, hoy no sé uno solo, se me borraron completamente, como eso,  muchas fechas y versos que yo conservaba.

 

Podríamos decir que los últimos años han sido de pérdidas.

Claro, absolutamente, hay una pérdida fundamental, porque mi instrumento principal de trabajo siempre fue la memoria, que siempre la tuve excepcional cuando era joven y todavía de mayor.

 

Después viene el problema de la vista…

Hay una enfermedad que se llama retinitis pigmentosa, que consiste en que la pupila se va llenando de pigmento y el ojo se va quedando ciego. Yo tuve dos hermanos que tuvieron esa misma enfermedad, quedaron ciegos antes de los 50 años, en cambio yo, después de los 75, lo cual me permitió desarrollarme como escritor porque conservé mis posibilidades junto con los ojos hasta ya muy tarde. Para mí la ceguera es un accidente de la vejez, mientras que para mis hermanos, fue un tormento de la juventud.

 

Aún y con todo esto ha seguido traduciendo a los clásicos…

Mientras la memoria me sirvió, he seguido trabajando, aunque no con la misma precisión e intensidad que antes.

 

En la UNAM se le deben muchas cosas, la fundación del Instituto de Investigaciones Filológicas, la colección Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, que comenzó a dirigir en 1970 y que se convirtió en un referente de las traducciones de obras clásicas en el mundo hispano…

Además la nuestra, con excepciones, por supuesto, es de las mejores que hay, por ejemplo, es incomparablemente mejor que las traducciones francesas y que las primeras norteamericanas e inglesas.

 

¿A quién disfrutó más al traducir, a Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio, Propercio, Lucano, César, Píndaro o a Eurípides?

Por el placer que me dio, Catulo, que es el que yo considero el mejor de aquellos poetas, porque es el más sufriente, el más amargado, el que más padeció las cosas del amor en la vida, porque desventurado el sentimiento del amor es siempre una prueba para los poetas. A Catulo lo hizo completamente su pasión por Lesbia, donde es tan desnudamente expresivo, que al menos a mí me emocionó profundamente, entonces entiendo al poeta totalmente vivo, totalmente actual.

 

Hablando de esta pasión, del amor de los poetas, usted tiene una dedicatoria que considero como la más bella en la poesía mexicana, que dice: Aquí debería estar tu nombre  ¿qué nombre era?

Es un nombre de mujer, no se puede contar esa historia, la he guardado tanto tiempo que ahora sería desprestigio para mí ponerme a hablar.

Ha tenido una infinidad de reconocimientos durante su carrera, es miembro de la Academia Latinitati Inter Omnes Gentes Fovendae de Roma, desde 1984; la distinción Orden del Mérito de la República Italiana, en grado de Comendador, que se le otorgó en 1977; y el Diploma de Honor que recibió en 1981 en el XXXII Certamen Capitolino de Roma, que es el primero otorgado a un escritor de lengua española…

En México, sí, muchos; fuera del país pocos, nunca me dediqué al turismo poético, lo que tengo es cosa de la amistad de unos amigos italianos a quienes les parecí digno de esa distinción.

 

¿Para qué sirven los premios?

A mí me sirvieron, para empezar, económicamente. En aquel tiempo yo no tenía trabajo por más que lo buscaba. Hubo un año en que gané $8.000 en los Juegos Florales, era mucho dinero, de tal manera que yo me mantuve decentemente con el dinero que ganaba en esos Juegos Florales. En cuanto tuve un trabajo, que fue bastante triste en el Departamento Agrario como inspector, me dieron un sueldo de 400 pesos mensuales y con eso ya decidí renunciar a dichos Juegos, como me habían aconsejado los maestros.

 

¿Cuál es su verdadera vocación, la docencia o la poesía?

La docencia, porque me fundamenta como hombre, siendo útil a mi país, mientras que la poesía, es un albur de amor, como dice la canción.

 

Recuerda cuál fue el primer poeta que lo maravilla como lector.

Sí, Garcilaso de la Vega.

 

¿Y el último gran descubrimiento entre sus alumnos?

Bulmaro Reyes Coria en el latín, Marco Antonio Campos, Sandro Cohen, Bernardo Ruiz, Vicente Quirarte, los principales, creo que son muy buenos escritores todos. Cuando habla de mis alumnos pienso en jóvenes poetas, aunque ahora ya no sean tan jóvenes,  pero son mejores que cualquiera.

 

Durante todos sus años como escritor y profesor, lo que ha hecho en gran parte es acumular conocimientos, en este sentido, ¿el conocimiento es el camino del hombre?

La única manera de conocerse a uno mismo, que ha sido el problema de siempre para el hombre, es por medio del estudio.

 

Hay dos elementos con los cuales se le identifica mucho, su chaleco y su bastón…

El bastón es una cosa curiosa, lo usé por accidente. Es un bastón de mi abuelo, Ángel Nuño que murió en un viaje que hizo para visitar a mi madre y sus cosas se le quedaron a mi padre, y llegaron a mis manos, entre ellas, había un bastón con empuñadura de plata. Ese bastón todavía lo tengo, ya muy gastado, me lo pidieron prestado para hacer una colección de poesía, ponían el bastón en todas las pastas de los libros.

El chaleco, bueno, siempre cuando era muy pobre, usaba un suéter todo el año. Sólo cada año podía cambiar el vestuario, entonces, detesté los suéteres a pesar de que sé que son una prenda totalmente admisible y me empecé a hacer chalecos;  primero normales, y luego de fantasía como éste que traigo ahora. Pero mis dos rarezas son el chaleco y el bastón.

 

¿A quién le heredará el bastón?

No sé, la cuestión está en que yo guardo las primeras ediciones de mis libros, un ejemplar de todo lo primero que he publicado, en lo que yo llamo mi egoteca, que no sé si irá a parar en un lugar particular, por ejemplo, al Colegio Nacional o a la Universidad y lo que se me ha ocurrido es que el bastón siga la misma suerte.

¿Ha pensado en su muerte?

La vida llega a ser algo estorbosa, posiblemente si yo conservara la vista, conservara el sentido alegre de la vida. Con la ceguera la existencia se vuelve continuamente melancólica, triste. La cuestión está en que yo veo la muerte como decían antes, como un descanso.

 

¿Cuál es la mayor satisfacción que le ha dejado ser poeta y traductor?

Son cosas de vanidad, cuando algún maestro me ha hecho un elogio, sobre todo al principio, grandes momentos de orgullo, aunque este mal hablar de ese sentimiento. La cuestión está en que mis amigos mismos me desconocían en ese tiempo, tanto Ricardo Garibay como Jorge Hernández Campos, yo de cierta manera les fui impuesto por los maestros, entonces los juicios de éstos fueron muy valiosos para mí como juicios de vida, porque naturalmente la reprobación de los amigos me era muy dolorosa y muy pesada.

 

¿En qué momento se reconoce como poeta?

Sucedió, exactamente, con La muerte del ángel, que recibió la crítica de Gabriel Méndez Plancarte, que me enseñó a mí cómo escribir. De tal manera, que si pienso en lo que escribí, me es difícil contestar, porque tengo que hacer un juicio sobre mí mismo y,  por una parte, quisiera considerarme mejor que Garcilaso de la Vega;  y por otra, sé perfectamente que no lo soy.

 

El público, al final, es quien decide quién es poeta y quién no…

Claro, esa duda siempre persiste, porque la poesía es algo que no se puede manejar honestamente como la descripción y la interpretación. De repente uno lee un par de versos de Garcilaso de la Vega y sientes que ahí hay algo que no es normal; eso que no es normal, uno trata de reproducirlo en sus propios escritos, pero casi nunca le es posible.

 

Entonces, de alguna forma, la escritura de la poesía es la reinterpretación de la herencia de otros poetas…

El idioma poético, usando ese modo de expresión que no me gusta, es muy característico; quién sabe en qué consista, desde las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, puro misterio en la sencillez de los versos; ahí está el gran poema indudablemente.

 

¿El poeta en algún momento piensa en los demás, es decir, en su público al escribir?

La escritura parece un acto de vanidad, uno no puede ser vanidoso frente a sí mismo, tiene que ser vanidoso frente a otros.

 

¿Qué clase de animal es el poeta?

Claro que me gustaría decir que león o tigre, pero no es cierto, tal vez sea el perro, por la conciencia del animal, si ve a los gatos, son animales que solamente piensan en sí mismos, mientras que el perro, parece estar siempre pensando en los demás.

Iván Trejo

Agosto 27, 2010. Biblioteca Central, UNAM

Publicada en http://www.posdataeditores.com 01/02/2013

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