Para entender a Juan Gelman

Antes de hablar de Juan Gelman habría que pensar en José Mirotchnik, un empleado ferroviario y carpintero ruso militante de izquierda que migra a Argentina en 1912 tras la Revolución de 1905. Regresaría a Rusia con bríos renovados, pero ante la decepción que le causó el estalinismo, vuelve a Buenos Aires con un pasaporte alemán falso con apellido Hellmann, que al llegar al puerto le pregunta el oficial de aduana por la pronunciación correcta y nace el apellido Gelman.

Llegaría con su esposa, Paulina Burichson. Se establecen en Villa Crespo, un barrio bonaerense de migrantes donde el pequeño Juan jugaba futbol con una pelota de trapo o papel. Su hermano mayor Boris le recitaba todos los poetas rusos que se sabía de memoria y la musicalidad de una lengua desconocida provoca que empiece a interesarse en la literatura. A los 11 años publica su primer poema en la revista Rojo y Negro que comenzaba “Al amor, sueño eterno y poderoso, el destino furioso lo cambié”.

A los 15 años ingresa a la Juventud Comunista, posteriormente se matricula en la universidad para estudiar Química, carrera que abandona para dedicarse de lleno a la poesía. Trabajó como camionero y vendedor de autopartes antes de llegar al periodismo en 1954. En 1955 crea junto con Héctor Negro, Hugo Ditaranto y Julio César Silvain el grupo de poesía “El pan duro”. Más tarde se incorporaría al grupo guerrillero “Montoneros”, del cual se separa por diferencias ideológicas y recibe su primera sentencia de muerte por traición, sumándose a la amenaza ya hecha por la triple A (Alianza Anticomunista Argentina).

EL EXILIO

En 1975 se exilia a Roma y el 26 de agosto de 1976 su vida cambia. Sus hijos Nora Eva y Marcelo, junto con la esposa embarazada de él, María Claudia, son secuestrados. A su hija la liberan días después, a Marcelo lo asesinan y dejan su cuerpo dentro de un barril con cemento. Esperan a que su nuera dé a luz y sustraen a su nieta Macarena para dársela a una pareja uruguaya, amparados bajo el Plan Cóndor. Encontraría los restos de su hijo en 1990 y a su nieta en el 2000. Los restos de su nuera nunca fueron encontrados.

El autor radicó en Roma, Madrid, Managua, París y Nueva York, y terminó su travesía en México.

Su mirada se entristecía cuando hablaba de su país, se tornaba penetrante cuando hablaba de poesía y era siempre fulgurante cuando hablaba de tango. Su bondad no tenía límites, no permitía que se le hablara de “usted”, aún no soy tan viejo, decía.

Un hombre justo e íntegro, sin aspavientos, no dejaba de sorprenderle cuando alguien lo reconocía en la calle y lo saludaba con emoción. “Aún hay lectores de poesía, el mundo tiene esperanza”, dijo alguna vez. El año pasado viajó a Argentina para despedirse de sus amigos. “Ya no puedo volver por salud mental, he decidido morir aquí”, sentenciaría al regresar.

Para entender a Gelman, hay que leer su obra entera; para amarlo bastaba con verlo a los ojos y dejarse llevar por la sabiduría de un hombre sencillo, que no aspiraba más que a alcanzar algún día a esa señora ligera que visita a varios y que le llaman poesía. Mañana cumpliría 25 años de vivir en México y aún la semana pasada se preparaba para festejarlo, se adelantó cantando pío pío, porque no veía por qué la muerte era motivo para no cantar.

Publicado en El Norte 18/01/2014

http://www.elnorte.com/vida/articulo/783/1564644

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