Tomás Segovia: Cazador de selva virgen

 

 

—     ¿A qué jugaba Tomás Segovia cuando era niño?

Policías y ladrones a ese tipo de cosas, cuando me preguntaban qué quería ser de grande, siempre contestaba una frase hecha, no sé si alguien me la había inculcado o la inventé solo: Cazador de selva virgen.

 

—     A los 9 años sale de España, se va a París, luego a Marruecos, a los 12 llega a la Ciudad de México ¿cuál es su primer recuerdo de México?

La llegada fue a Veracruz en barco desde Nueva York, habíamos llegado ahí desde Casa Blanca, mi primera impresión fue Veracruz pero vi muy poco, porque nos estaba esperando mi padre y un amigo con dos coches porque éramos una familia numerosa, fuimos al Café de la Parroquia, estuvimos un rato y salimos directamente hacía el D.F.

 

—     Haciendo una precisión, cuando se refiere a su padre, es en realidad su tío, sus padres murieron cuando usted era muy niño en España, de hecho cuando llegan a París, usted y su hermano están en un orfelinato por un tiempo.

No era propiamente un orfelinato, había unas colonias creadas por el Gobierno de la Republica española para niños desplazados, en las guerras siempre quedan un montón de niños cuyos padres han muerto o que no han podido reunirse, la mayor parte eran niños desprotegidos,  los recogían y los mandaban a colonias de niños en el extranjero para preservarlos de la guerra. Había unas cuantas en Francia, Inglaterra, Bélgica, incluso en Dinamarca. Mis hermanos y yo éramos un caso distinto, no fuimos niños que hubieran encontrado, sino que nos había enviado mi padre, la diferencia es que él pudo salir dos o tres veces durante la guerra y venía a vernos a París, también daba la casualidad que una de las encargadas de cuidar a los niños ahí, era vecina nuestra en Madrid y amiga de la familia.

 

—     En México al crecer su padre le encomienda estudiar una carrera pero también estudiar un oficio ¿cómo fue eso?

Mi padre era muy puritano, un socialista de la vieja escuela cuando el socialismo era una moral no solo cuestión de política y tenía esa ideología, que sus hijos tuvieran una carrera y un oficio, que tuviéramos un contacto con la realidad, el trabajo era una cosa muy importante, digna, significativa y no había que conocer solo teóricamente el trabajo, sino haberlo practicado, yo creo que mi padre fue muy sabio al mandarnos en las vacaciones a aprender un oficio.

 

—     Aprendió a ser encuadernador

Mi hermano aprendió joyería, mi hermana mayor corte y confección, mi otra hermana y yo fuimos a un taller de encuadernación, nos ponían a hacer la cola y a limpiar como aprendices, nada privilegiados, el dueño del taller era amigo de mi padre, era compañero de partido y vecino, pero yo creo que fue mi padre el que le dijo que nada de privilegios, que nos pusiera a trabajar, entonces se hacía la cola con cola de pescado, fue una experiencia maravillosa. Aprendí a encuadernar y aprendí de la vida.

 

—     En 1980 hay una carta donde Octavio Paz le reclama su actitud esquiva, más bien desdeñosa hacia él, ¿cómo sucede esa anécdota?

Es un poco difícil hablar de eso porque son intimidades, al mismo tiempo como se trata de figuras históricas como Octavio Paz, las intimidades se vuelven asuntos públicos. Con Octavio hubo muy buena relación, pero siempre hubo un punto de irritación porque a él que era un hombre muy metido en el centro de las cosas, de la historia, del momento, de la cultura, le extrañaba mucho que teniendo la puerta abierta para entrar en ese mundo y participar, me abstuviera. Octavio estaba perfectamente informado de toda la actualidad, entonces le irritaba mucho que yo no supiera quién era el último Premio Nobel, que no sabía quién era el escritor más famoso de Austria, ese tipo de cosas. Yo estaba en las nubes, me defendía de eso encogiéndome, él lo interpretaba como desdén. Efectivamente, hubo un momento que eso se convirtió un poco en polémica entre él y yo. Creo que puede tener muchos sentidos a parte del desdén.

 

—     Empieza a trabajar como mecanógrafo en el D.F. y llega por invitación de Carlos Fuentes a la Revista Mexicana de Literatura.

Cuando vino Octavio a México, reunió a los jóvenes más conspicuos de entonces para planear una revista, nos reuníamos en un café, fui a algunas de esas reuniones, pero fue tal, esa vez sí, el desdén que me mostraron, que dejé de ir, fundaron la revista y yo no estaba. Algún tiempo después tuve una conversación con Carlos Fuentes en la oficina de Ramón Xirau, me pidió una colaboración. Escribí un artículo sobre Octavio Paz, acababa de salir El arco y la lira y entonces Octavio Paz que estaba en la India me escribe una carta elogiando el artículo y partir de ahí me levantaron el castigo. Lo que pasa es que como Octavio escribió una carta elogiosa sobre ese artículo, supongo que adquirí cierto prestigio a los ojos de Carlos, pero lo que me dijo es que él no podía ocuparse de la revista y que necesitaba ayuda material, de trabajo, así fue. Siempre me ha pasado un poco eso, entro por el lado del trabajo, de lo artesanal y al mismo tiempo ya estoy dentro.

 

—     Así llega también a Casa del Lago de donde emanaron tantos proyectos y luego a Plural.

Lo de la Casa del Lago fue en 1961, pero también fue como de chiripa, cuando García Terrés pidió que le presentaran proyectos para hacer actividades en Casa del Lago, nunca se me ocurrió que yo pudiera hacer un proyecto, yo era un talachero como lo fue la secretaria de García Terrés, ella fue la que me dijo: ¿Por qué no presentas un proyecto, niño? claro yo le dije, ¿cómo me van a nombrar a mi director de Casa del Lago? Podría inventar actividades pero lo que no puedo hacer es un presupuesto porque no tengo ni idea. Ella me ayudó a hacer el presupuesto, fue una sorpresa increíble que me dijera García Terrés que sí.

 

—     ¿Cómo es que decide participar en las manifestaciones de los 60 en México?

Los jóvenes exiliados españoles, lo que llaman ahora “la segunda generación”, nos interesaba el arte, la literatura, la poesía, pero no estábamos muy politizados. Había algunos de nuestra generación que trataban hacer cosas, pero unirse, hacer reclamaciones, todo eso nos parecía un poco inútil, ¿de qué iba a servir hacer una declaración de jóvenes en contra de Franco? Max Aub escribió un artículo que nos reprochaba que los jóvenes exiliados de México no se ocupaban de la dictadura. Me parece que era una actitud moral muy respetable de nuestros padres, nunca pensaron exigirnos eso, ellos habían perdido una guerra, pero querían era que sus hijos viviéramos como si no fuéramos hijos de una guerra perdida. Más tarde vi el exilio argentino en México y no era igual, los hijos de exiliados argentinos también tendían a integrarse y a no ocuparse demasiado de la cuestión, pero los padres argentinos les reprochaban mucho que estuvieran despolitizados. A nosotros no nos reprocharon nunca eso, lo cual me parece muy digno. Todos sabíamos que éramos anti-franquistas, demócratas, de izquierda pero eso era todo, nunca firmábamos un manifiesto ni declaraciones.

 

—     ¿Qué diferencia ve entre la izquierda del siglo XXI y la izquierda del siglo pasado?

Mucha diferencia, para bien y para mal, la izquierda del siglo pasado estaba contaminada o corría el riesgo de llegar al totalitarismo, es lo que la derecha ahora aprovecha a rabiar, cada vez tienen más convencido al mundo que ser de izquierda es ser totalitario, es absurdo, en cambio la parte que no era autoritaria era muy consciente de qué se trataba, tenía la ventaja de no tener mala consciencia. La derecha, no cabe duda, tiene una convivencia con el nazi-fascismo, sin embargo no ha permitido que le hagan ningún reproche por eso, sin embargo los nexos de la izquierda con el estalinismo ha servido para desmantelarla por completo, la izquierda ahora a partir de la caída del muro comenzó a no atreverse, a tener mala consciencia, a hacer pactos con la derecha y no se atreve a hacer política de izquierda.

 

—     Cuando recibió el Premio Juan Rulfo en 2005, dijo que usted no es consagrado ¿qué perspectiva tiene de su poesía en relación con lo ya hecho?

Lo sigo diciendo. Hubiera imaginado cuando era más joven que llegaría a alguna madurez, como se supone que es la curva normal, pero veo que esa curva muchas veces se altera, porque son muchos los poetas y artistas que dan lo mejor en la vejez. Siento que por ahora sigo en la brecha, sigo fecundo. La sabiduría me parece que sucede a menudo en la vida de un artista es cada vez más transparente, en muchos artistas la madurez significa mayor sencillez, mayor despojo, en cierto modo es reducir. Ahora me atengo más a lo que me parece propiamente mío y tiendo a hacerlo con la mayor sencillez posible.

 

—     ¿Para qué sirven los premios?

En principio los premios son más bien malos, lo que sucede es que en nuestras sociedades la verdadera lacra es la competitividad, donde se favorece la idea entre los lectores que la literatura es una competencia entre ganadores y perdedores, que un escritor es un señor que va a ganar un premio como el Real Madrid gana el campeonato, hay que recordarle todo el tiempo a la gente que Kafka no ganó ningún premio, que a Borges no le dieron el Nobel, además los premios de una manera o de otra son una injerencia del poder en la literatura y el arte. La literatura utópicamente debería ser una relación entre creadores y lectores. A mí que me lea un lector porque me han dado el Premio Juan Rulfo, por ejemplo, me insulta. Tal como están nuestras sociedades enajenadas, es posible que nunca se produzca con unos autores lo que debería ser en justicia, es decir que la gente los lea. El premio es la peor manera de hacerse leer, yo no sé si es mayor el bien al mal que hacen.

 

—     ¿Qué clase de animal es el poeta?

Tendría que ser varios animales, un animal comunicativo, un delfín o lobo que se comunican mucho entre ellos, pero también un águila que tiene mucha perspectiva del mundo.

 

 

Publicado en Casa del tiempo, Año XXXVIII, Vol. I, época V, número 3, abril de 2014.

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